El radiador en invierno y el pijama de franela

El radiador en invierno y el pijama de franela

El invierno tenía olor.

A ropa guardada.
A casa cerrada.
Y a radiador caliente.

No era calefacción invisible.

Era ese aparato blanco pegado a la pared que quemaba si lo tocabas demasiado.

El ritual de la tarde

Llegabas del colegio.

Mochila al suelo.

Y lo primero era acercarse al radiador.

Manos extendidas.

Espalda pegada.

Ese calor directo era gloria.

El pijama de franela

No era fino.

Era grueso.

Con cuadros.
Con dibujos repetidos.
Con botones duros.

Te lo ponías después de ducharte.

Y ya sabías que el día se estaba acabando.

Secar calcetines

A veces colgaban calcetines encima.

O una camiseta.

Todo con ese olor a tela caliente que solo existe en invierno.

Si te apoyabas demasiado, te reñían.

“Que lo vas a estropear.”

Pero el calor era irresistible.

La tele con manta

Sofá.
Manta pesada.
Película repetida.

El radiador haciendo ese pequeño “clic” cuando arrancaba otra vez.

El frío fuera.

Y dentro, esa sensación de refugio.

Frases que todos escuchamos

“Ponte la bata.”
“No vayas descalzo.”
“Cierra la puerta que se va el calor.”

El invierno no era cómodo.

Era compartido.

Sin termostatos digitales.
Sin temperatura exacta al grado.
Con radiador.

Y con ese pijama de franela que todavía podrías reconocer al tacto.

 

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