El verano en el pueblo: siesta obligatoria y libertad absoluta

El verano en el pueblo: siesta obligatoria y libertad absoluta

El verano empezaba cuando cerraban el colegio.

Pero el de verdad empezaba cuando llegabas al pueblo.

Maleta pequeña.
Coche cargado.
Horas de carretera con la ventanilla medio bajada.

Y al bajar… otro aire.

La casa de los abuelos

Persianas a medio cerrar.
Suelo fresco.
Tele pequeña en la cocina.

La comida sabía distinta.

Pan del día.
Tomates con sal.
Sandía en rodajas gigantes.

Y después… la siesta.

Obligatoria.

Aunque no tuvieras sueño.

Aunque fuera imposible dormir con el calor.

Las tardes eternas

Cuando por fin te dejaban salir, el reloj desaparecía.

Bicicleta sin casco.
Plaza del pueblo.
Fuente para mojarse la cabeza.

Los mismos de cada año.

“¿Has crecido?”
“Este verano vamos a hacer una cabaña.”

Las amistades del pueblo eran intensas.

Tres semanas que parecían tres años.

Las noches en la calle

Sillas de plástico fuera.
Abuelos hablando de siempre.
Niños corriendo hasta tarde.

La tele de fondo con algún programa de verano.

Y tú intentando alargar el momento.

Porque sabías que aquello se acababa.

La vuelta

El último día siempre tenía algo raro.

Recoger.
Despedirse.
Prometer escribir cartas que casi nunca se escribían.

Y volver a casa con la sensación de haber vivido más en un mes que en todo el año.

El verano en el pueblo no era vacaciones.

Era otra vida.

Sin centros comerciales.
Sin planes cerrados.
Con polvo en las zapatillas.

Y con esa libertad que solo existía entre junio y septiembre.

 

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