El videoclub del viernes por la tarde

El videoclub del viernes por la tarde

El viernes no empezaba al salir del colegio.

Empezaba cuando alguien decía:
“Vamos al videoclub.”

Y eso ya cambiaba la cara.

Entrar era un ritual.
La puerta con campanilla.
El olor a plástico de las cajas.
Las estanterías infinitas llenas de carátulas que prometían demasiado.

No ibas directo a elegir.
Dabas vueltas.

Leías la parte de atrás.
Mirabas las fotos pequeñas.
Te fijabas en la pegatina roja de “No disponible”.

Si estaba alquilada, dolía un poco.
Si estaba libre, sentías que habías ganado algo.

La negociación familiar

Cada uno quería una cosa.

El pequeño, dibujos.
El mayor, acción.
Alguno intentaba colar “una de miedo”.

Y siempre había que elegir solo una.
O como mucho dos.

Aquello obligaba a decidir.

Nada de probar diez minutos y cambiar.
La que cogías era la que veías.

Y punto.

El momento mostrador

Llegar al mostrador con la caja en la mano tenía algo solemne.

El encargado la abría.
Sacaba la cinta negra.
Comprobaba que estuviera rebobinada.

Ese sonido del rebobinado rápido al llegar a casa era parte del plan.

“Rebobina antes de devolver.”

Frase universal.

Sábado por la noche

Luces apagadas.
Cojines en el suelo.
Palomitas hechas en la sartén o en microondas.

Y la pantalla empezaba con ese ligero temblor de imagen VHS.

No era perfecta.
Pero era nuestra.

A veces la cinta se veía mal.
A veces había que ajustar el tracking.
A veces alguien hablaba en el mejor momento.

Pero aquello era plan.

No era contenido.
Era plan.

La devolución del domingo

El domingo tenía un pequeño punto triste.

Había que devolverla.

Entrabas rápido.
La dejabas en el mostrador.
Mirabas de reojo las novedades.

Y salías pensando en la próxima.


 

El videoclub no era solo películas.

Era espera.
Era elección.
Era compromiso.

Y era viernes.

Sin WiFi.
Con VHS.
Y con esa ilusión que empezaba antes de darle al play.

 

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