El walkman: rebobinar con paciencia y mirar por la ventana

El walkman: rebobinar con paciencia y mirar por la ventana

No era solo música.

Era aislamiento portátil.

El walkman iba en el bolsillo del pantalón o colgado del cinturón con una funda de plástico transparente que se rayaba enseguida.

Auriculares de espuma naranja.

Cable fino.

Y el mundo bajaba el volumen.

El botón play

Click.

La cinta empezaba.

Si la canción no era la que querías, tocaba avanzar.

FF.

Esperar.

Parar justo antes de pasarte.

Si te pasabas, rebobinar.

Siempre era cálculo.

Nada de saltar directamente.

El viaje perfecto

En el coche.
En la guagua.
En el tren.

Mirando por la ventana como si estuvieras en un videoclip.

Cada canción parecía escrita para ese momento exacto.

La ciudad pasaba lenta.

Tú con la cabeza apoyada.

Y la música dentro.

El problema de las pilas

Cuando empezaba a ir más lento, sabías que se acercaba el final.

La voz se volvía grave.

La batería floja.

Y otra vez a buscar pilas nuevas.

El walkman no perdonaba.

El anti-skip que no existía

Si corrías, saltaba.

Si dabas un golpe, se oía.

Había que caminar suave.

Protegerlo.

Era tecnología delicada.

Pero era tuya.

Frases que todos dijimos

“Espera que la rebobino.”
“Se me han gastado las pilas.”
“Escucha esta parte.”

El walkman no era solo un reproductor.

Era tu banda sonora privada.

Sin listas infinitas.
Sin algoritmos.
Con cinta magnética.

Y con ese clic que todavía suena en la memoria.

 

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