El recreo y el bocadillo envuelto en papel de aluminio
El recreo y el bocadillo envuelto en papel de aluminio
El timbre del recreo no sonaba.
Explotaba.
Y en ese momento el colegio entero se convertía en otra cosa.
Pasillos vacíos.
Patio lleno.
Carreras sin explicación.
Y en la mano, el bocadillo.
El ritual de abrirlo
Envuelto en papel de aluminio.
Apretado.
Caliente si era de tortilla.
Chafado si llevaba horas en la mochila.
Ese sonido al desenvolverlo era parte del recreo.
Crack.
Rasgado metálico.
Primer mordisco.
Los clásicos
Chorizo.
Nocilla.
Jamón york y queso.
Tortilla francesa.
El de Nocilla siempre era el más deseado.
Y el que llevaba algo “raro” se convertía en centro de curiosidad.
“¿Me das un mordisco?”
“Te cambio la mitad.”
El intercambio era ley no escrita.
El patio como estadio
Después del bocadillo, venía el partido.
Con porterías imaginarias.
Con mochilas marcando límites.
O las chapas.
O las canicas.
O simplemente correr hasta que faltara el aire.
El recreo no era descanso.
Era intensidad comprimida en veinte minutos.
La vuelta a clase
Sudor.
Manos sucias.
Último trago de agua en la fuente.
Y el timbre otra vez.
Entrabas todavía acelerado.
Con migas en el jersey.
Con el sabor del bocadillo todavía en la boca.
Frases que se quedaron
“Guárdame sitio.”
“Hoy hay fútbol.”
“Me toca portero.”
El recreo era pequeño en tiempo.
Gigante en recuerdo.
Sin máquinas expendedoras.
Sin snacks envasados individuales.
Con papel de aluminio.
Y con ese bocadillo que sabía mejor que cualquier cosa.