La televisión sin mando: levantarse era parte del plan

La televisión sin mando: levantarse era parte del plan

Hubo un tiempo en que cambiar de canal implicaba moverse.

No había discusión.

Si querías ver otra cosa, te levantabas.

La televisión estaba en el mueble del salón.
Grande.
Pesada.
Con botones físicos que hacían “clack”.

El giro del dial

Algunas tenían rueda.

Girabas.

Y los canales pasaban uno a uno.

A veces se veía nieve.
A veces aparecía algo borroso.
A veces acertabas.

No existía el zapping frenético.

Cada cambio era consciente.

El volumen manual

El botón del volumen no era táctil.

Era físico.

Y siempre había alguien que decía:

“¡No lo pongas tan alto!”

O al revés:

“¡No se oye nada!”

Y volvías a levantarte.

Ajustar la antena

Si la imagen no era nítida, empezaba el ritual.

“¡Quédate ahí!”
“¡Ahora se ve peor!”
“¡No te muevas!”

Alguien sujetando la antena.
Otro gritando desde el sofá.

Y cuando por fin se veía bien, nadie respiraba.

Los horarios fijos

No elegías cuándo empezaba el programa.

Empezaba cuando tocaba.

Si llegabas tarde, te lo perdías.

Y eso te enseñaba puntualidad televisiva.

Frases que siguen vivas

“Cambia a la uno.”
“Déjalo ahí.”
“Ahora vuelve.”

La tele sin mando no era incomodidad.

Era normalidad.

Te hacía participar.

Te hacía levantarte.

Sin control remoto.
Sin grabaciones.
Con botones duros.

Y con ese “clack” que todavía resuena en la memoria.

 

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