El teléfono fijo del pasillo: conversaciones con cable

El teléfono fijo del pasillo: conversaciones con cable

No estaba en tu habitaciĂłn.

Estaba en el pasillo.

O en la cocina.

Y eso lo cambiaba todo.

El teléfono fijo no era privado.
Era pĂșblico.
Era familiar.

Y cada llamada tenĂ­a testigos potenciales.

El sonido que alteraba la casa

Riiing.

No era un tono suave.

Era un sonido que atravesaba paredes.

Todos miraban.
Alguien gritaba:

“¡Cógelo!”

Y empezaba la carrera.

El cable enroscado

Si la conversaciĂłn se alargaba, estirabas el cable.

Te ibas lo mĂĄs lejos posible.

Te sentabas en el suelo.
Hablabas en voz baja.

Pero siempre con un oĂ­do pendiente de pasos acercĂĄndose.

“¿Con quiĂ©n hablas?”
“¿Cuánto te queda?”

La intimidad tenĂ­a metros limitados.

Las llamadas importantes

Quedar con amigos.
Confirmar deberes.
Hablar con “esa persona”.

No habĂ­a mensajes previos.

Llamabas directamente a casa.

Y casi siempre contestaba la madre.

“¿Está
?”

Ese momento previo era tensiĂłn pura.

El nĂșmero memorizado

SabĂ­as los nĂșmeros de memoria.

De casa de tus amigos.
De tus primos.
Del fijo de tu abuela.

No estaban guardados.

Estaban en la cabeza.

Y marcar uno mal significaba empezar de nuevo.

El drama del ocupado

Llamabas.

Y sonaba ocupado.

Y volvĂ­as a llamar.

Y otra vez ocupado.

No habĂ­a alternativa.

Solo paciencia.

Frases que todos recordamos

“Te llamo luego.”
“Cuelga tĂș.”
“Que me cuesta dinero.”

El teléfono fijo no era solo comunicación.

Era expectativa.

Era nervio.

Era escuchar la respiraciĂłn al otro lado del cable.

Sin mĂłviles.
Sin mensajes instantĂĄneos.
Con hilo enroscado.

Y con conversaciones que empezaban con un simple “¿Estás ahí?”.

 

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