Bajar a la calle: el timbre que nos llamaba

Bajar a la calle: el timbre que nos llamaba

No había grupo.
Había timbre.

Y eso era suficiente.

Sonaba el telefonillo o alguien gritaba desde abajo:

“¡Baaaja!”

Y tú ya estabas poniéndote las zapatillas.

La calle era el plan

No hacía falta organizar nada.

Bajabas.
Y ya estaba todo montado.

Un balón medio gastado.
Dos porterías hechas con sudaderas.
Una bicicleta apoyada en la pared.
Alguien con una bolsa de pipas.

Y empezaba.

Sin adultos dirigiendo.
Sin horarios exactos.
Sin árbitro.

Las normas se decidían en el momento.
Y se discutían igual de rápido.

“Eso no vale.”
“Ha sido fuera.”
“Repetimos.”

El reloj no mandaba

La hora la marcaba la luz.

Cuando empezaba a oscurecer sabías que quedaba poco.

Y de fondo, siempre, alguna madre asomada al balcón:

“¡A cenar!”

Ese grito atravesaba todo el barrio.

Y cada uno sabía cuándo era el suyo.

Juegos infinitos

Fútbol.
Policías y ladrones.
Escondite.
La botella.
La goma.

Con cualquier cosa se montaba algo.

Un bordillo era un equilibrio.
Una farola era portería.
Un portal era base secreta.

No hacía falta más.

Volver sudado

Subías a casa con las rodillas sucias.

Con la camiseta pegada al cuerpo.

Con la sensación de haber vivido algo.

Y al día siguiente, lo mismo.

No era actividad.
Era infancia.

La calle no era un sitio.
Era nuestro mundo.

Sin WiFi.
Sin pantallas.
Con timbre.

Y con ese “¡baja!” que todavía resuena.

 

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