La Game Boy: pilas, cartuchos y el sonido que no se olvida
La Game Boy: pilas, cartuchos y el sonido que no se olvida
No hacía falta más.
Una consola gris.
Una pantalla verdosa.
Y cuatro pilas AA que duraban lo justo.
La Game Boy no era ligera.
Era resistente.
Y era nuestra.
El ritual de encenderla
Cartucho dentro.
Soplido rápido, por si acaso.
Click.
Y ese sonido.
Ese “tin-tin-tin-tiiiiin” que todavía reconocemos con los ojos cerrados.
Si no arrancaba a la primera, sacabas el cartucho.
Volvías a soplar.
Lo colocabas con cuidado.
Hasta que funcionaba.
Y cuando funcionaba, el mundo desaparecía.
La luz no ayudaba
No tenía retroiluminación.
Había que buscar el ángulo perfecto.
Cerca de la ventana.
Debajo de una lámpara.
En el coche, aprovechando cada farola al pasar.
Si era de noche, se acababa.
O forzabas la vista.
El intercambio en el patio
“¿Me lo dejas?”
“Te lo cambio por el mío.”
Los cartuchos iban y venían.
Algunos estaban rayados.
Otros tenían el nombre escrito con rotulador detrás.
Pokémon.
Tetris.
Super Mario.
Cada uno tenía su favorito.
Y cada partida guardada era un tesoro.
Las pilas: el drama real
El peor momento no era perder.
Era que se agotaran las pilas en mitad de algo importante.
La pantalla se apagaba lentamente.
El sonido bajaba.
Y sabías que no había vuelta atrás.
Buscar pilas nuevas era prioridad absoluta.
Porque sin pilas, no había nada.
Frases que todos dijimos
“Espera que guardo.”
“Dame pilas.”
“No mires, que voy a pasarme la pantalla.”
La Game Boy no tenía gráficos espectaculares.
Tenía enganche.
Tenía paciencia.
Tenía horas infinitas en silencio.
Sin WiFi.
Sin colores brillantes.
Con pilas.
Y con ese sonido inicial que todavía podemos tararear.